El presidente en la sombra
y el tembleque organizado
(Relato costumbrista malagueño con mucho corazón, humor y verdad)
En Alhaurín de la Torre hay una cosa que la gente sabe, aunque no venga en los periódicos: los pueblos se sostienen gracias a personas que nunca salen en las fotos importantes.
Gente que abre puertas.
Que pone cafés.
Que pregunta ¿cómo estás?, aunque ellos estén regular.
Y que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en el alma de un sitio, y en la Asociación de Párkinson, ese alma tenía nombre: Pepe Domingo.
Bueno… realmente tenía más nombres.
Porque cada uno lo llamaba de una manera.
—¡Pepe!
—¡Domingo!
—¡el presi en la sombra
—¡Quillo, ven pacá un momento!
—¡Pepe, que baño o funciona!
—¡Pepe, que la cafetera está echando humo!
Aquello, a veces parece más una central de emergencias que una asociación.
Y allí estaba él.
Con una paciencia que ni los santos.
Pepe no era presidente.
Ni secretario.
Ni tesorero.
Pero era el primero en llegar y en muchas ocasiones el último en irse.
Abría las puertas por las mañanas con un mando a distancia
Y cada vez que sacaba el llavero sonaba aquello como un rebaño de cabras bajando por la sierra.
—¡Ya viene Pepe! —decían desde dentro—. ¡Escuchad los cascabeles!
La asociación empezaba realmente cuando aparecía él.
Porque en cuanto cruzaba la puerta, aquello cobraba vida.
—Buenos días, familiaaaaaa.
Y ya estaba.
El milagro diario.
Uno colocando sillas.
Otra preparando los ejercicios.
Alguien preguntando por las pastillas.
Otro buscando las gafas… que llevaba puestas desde hacía media hora.
Y Pepe en medio de todo, organizando aquel pequeño caos humano con una sonrisa de las que arreglan mañanas.
Aunque claro… no siempre era fácil.
Porque si algo había en la asociación, además de cariño, eran “avatares”.
Muchos avatares.
Por ejemplo, el famoso día de la gimnasia.
Aquella mañana vino una fisioterapeuta nueva, jovencita, muy preparada, con su ropa deportiva impecable y una energía de influencer de internet.
Entró diciendo:
—Hoy vamos a trabajar coordinación, equilibrio y respiración consciente.
Y los socios la miraron igual que las vacas miran pasar un tren.
A los diez minutos ya tenía a Manolo haciendo ejercicios al revés, a Paqui preguntando ¿cuándo se desayunaba? y a Antonio, intentando ligar discretamente diciendo que él antes hacía kung-fu y que le gustaba más el Tai Chi
—Kung-fu no sé —dijo Pepe—, pero croquetas sí que haces desaparecer rápido.
La muchacha terminó sudando más que en una maratón.
Y Pepe, mientras repartía botellas de agua, decía:
—No te preocupes hija… aquí sobrevivimos todos. Tú también podrás.
Pero el gran espectáculo ocurría siempre con los viajes.
Madre del amor hermoso los viajes.
Organizar una excursión con la asociación era más difícil que montar una cumbre internacional.
—Pepe, ¿a qué hora salimos?
—A las nueve.
—¿Las nueve de verdad o las nueve españolas?
—Las nueve, Manolo.
—Entonces iré a las diez menos cuarto.
Y así no había manera.
El día de la excursión a Málaga apareció uno sin bastón, otro con dos bocadillos de tortilla para “por si acaso”, una señora con un abanico tamaño helicóptero y otro compañero que llevaba media hora sentado en el autobús equivocado.
—¡Pepeeeeee! —gritaban todos.
Y Pepe corría de un lado para otro con una carpeta bajo el brazo como si estuviera dirigiendo el aeropuerto de Barajas.
Pero aun así… siempre acababa saliendo bien.
Porque Pepe tenía un don.
No organizaba actividades.
Organizaba ánimo.
Sabía cuándo alguien venía triste aunque dijera “yo estoy bien”.
Sabía cuándo alguno necesitaba hablar.
Y sabía perfectamente cuándo había que soltar un chiste para espantar los nubarrones.
Porque el párkinson trae muchas cosas difíciles.
Trae días torcidos.
Trae miedo.
Trae cansancio.
Trae momentos donde el cuerpo parece ir por libre.
Pero en aquella asociación ocurría algo curioso:
la gente seguía riéndose.
Y mucho.
Se reían de las torpezas.
De los olvidos.
De las confusiones.
De cuando alguien aparcaba el andador donde no era y se formaba un atasco digno de Semana Santa.
—Aquí el que no se ríe termina oxidándose —decía Pepe.
Y tenía razón.
Una tarde faltó la luz.
Todo quedó oscuro.
El ascensor parado.
La cafetera muerta.
El aire acondicionado apagado.
Y desde el fondo alguien dijo:
—Bueno… por lo menos así no vemos las facturas.
Aquello provocó una carcajada monumental.
Hasta Pepe tuvo que sentarse de la risa.
Porque eso era la asociación.
No un sitio de tristeza.
Sino un refugio donde la gente aprendía a seguir viviendo.
Con temblores, sí.
Con dificultades, también.
Pero con dignidad.
Y con mucha guasa malagueña.
Una mañana, mientras barría la entrada, Pepe escuchó a una mujer nueva preguntar:
—¿Quién dirige aquí?
Y uno de los compañeros respondió señalándolo discretamente:
—Mandar no manda nadie… pero si Pepe falta, esto se cae.
Él se hizo el loco.
Como siempre.
Porque Pepe nunca buscó aplausos.
Solo quería
que todos estuvieran bien.
Que nadie se sintiera solo.
Que hubiera café caliente.
Que las sillas estuvieran colocadas.
Que alguien recibiera un abrazo en un día malo.
Y quizá por eso, sin títulos importantes ni medallas, terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: en familia.
Porque hay personas que iluminan habitaciones.
Y otras… como Pepe Domingo… iluminan personas.
Y en aquella asociación de Asociación Párkinson de Alhaurín de la Torre, entre tulipanes rojos, ejercicios, cafés, pastillas, risas y pequeños milagros cotidianos…
todo el mundo sabía una cosa:
Que mientras Pepe siguiera diciendo
“venga familia, pa’lante”…
siempre habría motivos para sonreír.
